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¿Tienes cerebro de mosquito?

Para esta octava entrega en espaciociencia.com el Dr. Jorge Poveda Arias nos habla de los mosquitos, trayendo a colación una frase mítica: “tienes cerebro de mosquito”.

Cerebro de mosquito

Espero que ninguno de los lectores haya tenido que escuchar alguna vez esta frase hacia su persona, algo bastante despectivo e hiriente, pues tal y como define la RAE, significa sin ningún lugar a dudas: “poca inteligencia”. ¿Pero realmente los mosquitos tienen cerebro? Y, en caso de tenerlo, ¿tan mal les funciona? ¿son tan tontos como hace ver este coloquialismo?

En primer lugar, debemos situar biológicamente a los mosquitos, insectos pertenecientes al orden de los dípteros (al igual que las moscas y los tábanos) que se caracterizan por tener una gran cabeza, con relación al resto de cuerpo, con dos grandes ojos compuestos, y por haber modificado sus alas posteriores para formar una especie de balancines que les permite estabilizarse durante el vuelo, razón por la cual las moscas únicamente tienen un par de alas visibles, cuando los insectos deberían siempre tener dos pares de ellas. Llegados a este punto, es imprescindible dejar claro que todos los insectos tienen cerebro, y que siempre lo tienen situado en la cabeza. Además, el sistema nervioso de los insectos se extiende mediante una cadena ventral (situada en la parte del cuerpo que mira hacia el suelo: “vientre”) de nervios desde la cabeza hasta el ano (algo similar a nuestra médula espinal).

Cómo es el cerebro de un mosquito

A pesar de lo que cabría pensar de un cerebro tan diminuto, presenta una actividad y funcionamiento sumamente complejos y precisos, pues no debemos olvidar que, gracias a él, los insectos son capaces de volar y aprender. Aun siendo tan pequeño, presenta una enorme complejidad de conexiones neuronales, las cuales aumentan de forma exponencial si hablamos de insectos sociales como las abejas y las hormigas, es más, cuanto mayor es el grupo de insectos al que pertenecen, más grande y desarrollado es el cerebro de los individuos que lo conforman. Por ejemplo, en el caso de las hormigas, este desarrollo en complejidad y tamaño llega a ser tan sumamente elevado que el tamaño del cerebro en relación al resto de su cuerpo llega a ser de hasta el 6%, caracterizándolo como el animal con el cerebro más grande en relación al tamaño de su cuerpo. Comparando a las hormigas con los humanos, tendríamos que tener la cabeza hasta tres veces más grande para poder asemejarnos a ellas.

Centrándonos ya en el caso de los dípteros, en ningún caso comparar nuestro cerebro al suyo debería ser algo ofensivo. Pensemos en la capacidad que todos ellos tienen para esquivar nuestros ataques cuando intentamos “quitárnoslos de encima”. En fracciones de segundo son capaces de percibir nuestro movimiento y tomar la mejor decisión para esquivarlo, y esto lo hacen con un cerebro del tamaño de un grano de sal. Por supuesto, son ayudados de unas potentes y sofisticadas alas, capaces de modificar su trayectoria hasta 90º con tan sólo una batida (y hacen hasta 200 por segundo). Ello es debido a que, aunque pequeño, su cerebro es capaz de procesar múltiples movimientos percibidos por sus ojos, en tan sólo fracciones de segundo, gracias al elevadísimo número de células neuronales presentes en el mismo y a su gran número de conexiones.

La ciencia que no es divulgada hacia la sociedad es como si no existiera

Referencias bibliográficas y más información

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