La Radioastronomía

Las mayoría de las observaciones radioastronómicas no se han publicado hasta después de 1946. La radioastronomía es, sin duda alguna, una de las ramas de la astronomía que se ha desarrollado más rápidamente en la segunda mitad del siglo XX. Se descubrieron desde entonces un gran número de focos emisores de ondas de radio, algunos […]

Las mayoría de las observaciones radioastronómicas no se han publicado hasta después de 1946. La radioastronomía es, sin duda alguna, una de las ramas de la astronomía que se ha desarrollado más rápidamente en la segunda mitad del siglo XX.

Se descubrieron desde entonces un gran número de focos emisores de ondas de radio, algunos de ellos se han identificado con objetos ya detectados visualmente por medio de los telescopios.

Diferentes tipos (frecuencias) de ondas de radio

Por ejemplo, el foco emisor de radio más potente del cielo es Casiopea A, una nebulosa de débil luminosidad en forma de hilo. Le sigue en intensidad Cisne A, en la que se ve que se trata de dos galaxias que chocaron. Hasta entonces se ha comprobado la existencia de más de un millar de focos emisores puntuales.

Además de los focos emisores, hay una radiación radioeléctrica difusa, que se llama “ruido de fondo galáctico”, y que aparece en todas las longitudes de onda. Se cree que este ruido de fondo se forma en los campos magnéticos entre las estrellas. Esta emisión se concentra en las regiones centrales de la Vía Láctea.

“ Fotografía” de la nebulosa de Casiopea A (la imagen es el producto de la combinación de imágenes captadas por telescopios que ven en ondas invisibles para el ojo humano, como los rayos X).

También, existe otra radiación difusa que se encuentra más uniformemente esparcida en el cielo, y procede de la corona galáctica que rodea la totalidad de la Vía Láctea. Así mismo, se han observado unas coronas análogas, que emiten radiaciones radioeléctricas, en torno a otras galaxias (una vez más, la mejor forma que tenemos de estudiar nuestra Vía Láctea es observando otras galaxias lejanas, ya que la nuestra es difícil estando dentro).

El Sol y los planetas, como sabemos, también emiten radiaciones radioeléctricas. La radiación eléctrica del Sol es muy potente y procede de las diversas capas de la atmósfera solar, cuya temperatura puede determinarse justamente gracias a las observaciones radioastronómicas.

Como cabía suponer, el planeta que emite las ondas de radio más potentes es el gigante Júpiter, una especie de estrella a pequeña escala.

El gigantesco radiotelescopio de Arecibo

Respecto a los radiotelescopios, se distinguen dos tipos principales, los móviles y los fijos. Los más famosos, obviamente, son los fijos, compuestos de antenas enormes, fijadas al suelo, que pueden presentar diversos aspectos y generalmente son ajustables para poder adaptarse a diferentes longitudes de onda.

El radiotelescopio capta las radiaciones con ayuda de un reflector que concentra las ondas sobre una antena central. Este reflector está revestido de una superficie metálica reflejante, pero también puede hacerse con un enrejado.

Las ondas radioeléctricas que llegan a la antena se transforman en corriente eléctrica. Esta corriente es amplificada y actúa sobre un dispositivo que lleva un estilete inscriptor que registra la energía recibida en forma de curva (como los sismógrafos). La amplitud de la curva mide la intensidad de la radiación radioeléctrica.

Fuentes: Rohlfs, K., Wilson, T.: Tools of radio astronomy, Springer, 2004 / Focus, La Técnica y la Materia, Editorial Argos, Barcelona

También te puede interesar